Genuinamente inteligente y genuinamente ridícula
No me voy a disculpar con mis problemas ni diciendo que soy el síntoma de una hija olvidada. No tengo ganas de convertir cada defecto en una pieza arqueológica de mi infancia para después mirarlo con ternura.
Me siento una farsante, pero mientras lo hago uso collares de perlas de plástico que pinté antes para que parezcan reales.
No puedo decir simplemente «me calienta cómo este tipo hace algo con mis pensamientos», que ya de por sí es bastante esnob. No. Tengo que encuadrarlo dentro del pensamiento filosófico de un francés muerto bastante marginal para, como siempre, parecer única y detergente.
Y es que yo sí pienso conceptualmente.
Yo sí soy inteligente.
Pero discutir qué vamos a cenar me aburre.
No sé, cualquier cosa comestible.
¿No ves que estoy leyendo lo que piensa un filósofo húngaro underground sobre las aplicaciones de citas en Praga?
Me deprime que mi vida sea ser una señora gorda en el supermercado eligiendo lechugas mientras por dentro estoy pensando en «La vida está en otra parte» de Kundera.
Y es que al final soy gorda y necesito lechuga para mis fajitas.
Pero no por eso Kundera deja de ser interesante.
También tengo cuatro o cinco autores fetiche que revoleo como un adolescente que está orgulloso de haber leído «Así habló Zaratustra». Incluso ahora, en este preciso instante, estoy despreciando a los que solo leyeron «Así habló Zaratustra».
Es bastante desagradable.
Y además tengo la facilidad de ver patrones, de unir puntos. A veces entiendo cosas que me resultan inmediatamente evidentes y que a otros no. Esto me da habilidades de una utilidad extraordinaria, como entender cine mudo iraní en blanco y negro.
Una capacidad verdaderamente indispensable para la supervivencia.
Supongo que podría usarla para algo más práctico.
Podría, por ejemplo, elegir una lechuga.
Pero estoy ocupada pensando en la composición del plano.
Y entonces miro mi ropa.
Los leggins con pelotitas.
El buzo oversize que hace poco por cubrirme la panza.
Y pienso: ¿cuál es la caricatura de un intelectual y yo?
Porque estoy ahí.
Entre ellos.
Con mis autores fetiche, mis asociaciones, mis películas en blanco y negro, mis filósofos muertos y mis perlas de plástico.
Las perlas, por cierto, las pinté yo.
Eso también me parece bastante revelador.
No sé exactamente de qué.
Pero seguro que puedo encontrarle un patrón.
Yo soy demasiado pobre para ser intelectual, además.
Un intelectual casi indigente y sin historia de superación ni simpatía. ¿Dónde se ha visto?
No tengo ni siquiera el consuelo narrativo de convertir la precariedad en una historia inspiradora.
No hay «superó la adversidad y llegó a...».
No hay épica.
No hay simpatía automática.
Al final soy alguien que piensa de más y vive de menos.

Me parece éste un temazo digno de una continuación…
Que es algo que expresa esos detalles más allá de la lechuga en el supermercado y los objetos poco cognoscibles que se presentan a diario, quizá solo en algunas mentes.
Al final muchos son los que piensan de más y viven menos, pero cada quien a su modo, y lo haz escrito muy artísticamente.
Bello!
🦋
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