Kernel Afectivo
en lenguaje C++ literario.
Este texto, que en su momento pudo parecer amor, no fue más que el producto de mi hipervigilancia colisionando con mi hiperfoco autista. En aquel entonces, confundí o mezclé la intensidad con el deseo, lo que explica mi necesidad extrema de sistematizarlo todo usando un *C++ literario*.
Así funciono yo: tomo mis emociones y las encierro en sistemas lógicos para intentar entenderlas. Hoy, al releerlo, todo tiene sentido. Quizás nunca experimente el amor bajo las normas que dicta el resto del mundo, pero he aprendido a vivirlo a mi manera, sin que necesite ser correspondido para ser real. Sigo siendo esa ballena que canta a 52Hz en medio de un océano vacío, pero ahora, al menos, puedo reírme de mis propios mecanismos bizarros.
Aquí está el código de mi arquitectura afectiva:
// Inicialización del sistema
bool vivo = true;
float pulso = 60.0;
memoria recuerdos = INFINITO;
// Evento externo
if (presencia == detectada) {
abrir_valvulas();
pulso = overclock(pulso);
}
// Loop principal
while (vivo) {
sincronizar(pulso, respiracion);
filtrar(oxigeno, melancolia);
if (distancia > 0) {
esperar();
} else {
generar_calor();
}
try {
mantener_integridad();
}
catch (ruptura_critica) {
activar_resiliencia();
}
limpiar_cache(promesas);
continuar();
output("bum-bum");
}
return esperanza;
Anatomía del Proceso
El sistema despierta bajo una única condición: mantenerme encendida como si fuese un server de amazon. Mi pulso marca un ritmo constante de sesenta golpes por minuto, una línea base que intenta ignorar que mi memoria no tiene orillas, pues guardo cada detalle y cada sombra en un archivo que no conoce el final.
De pronto, el sensor de presencia se activa y mis compuertas se abren de par en par; mi corazón ignora los protocolos de seguridad y entra en un estado de aceleración forzada, quemando el frío para recibirte.
Mientras la vida continúe, mi tarea es cíclica: busco la armonía entre el aire que entra y el ritmo que me sostiene, filtrando con cuidado el oxígeno para que la melancolía no lo espese todo. Si la distancia es mayor a cero, me habito en la paciencia y espero, pero en el instante en que ese vacío se anula, dejo de procesar datos para empezar a generar calor.
A veces, el peso de lo vivido provoca una ruptura crítica que amenaza con detenerlo todo, y es entonces cuando se activa la resiliencia: limpio el rastro de las promesas que ya no pueden cumplirse, vacío la memoria de lo roto y simplemente continúo. Al final de cada ciclo, lo único que queda en el registro, el único mensaje constante que devuelvo al universo mientras escucho mi propio "bum-bum", es la esperanza, esa que se reinicia en cada ciclo.
