Lección dos
Materia y desborde
La lección no está en la pizarra.
Quiero que la leas en mi cuerpo, dijo la maestra en un susurro que parecía a la vez una orden y una caricia.
El alumno dio un paso adelante.
Le temblaban las piernas, se apoyó en el pupitre para lograr estabilidad.
El frío duro de la melamina le pegaba en las manos mientras miraba fijamente el escote vaporoso de la maestra.
Quiero que me leas con voracidad, dijo ella,
con el fuego que te consume,
con las vísceras de lo que está adentro,
lo oculto, la literatura como si fuese una verdad biológica.
Voy a consumir tu carnosidad hasta que la veas desaparecer momentáneamente ante tus ojos.
Voy a desgarrar con los dientes tu piel, tus convenciones y tus convicciones.
Vas a dejar de vivir en la perfección técnica.
Y para eso voy a manchar tu prístina perfección teórica.
Voy a elevar lo sucio a categoría estética.
La mancha húmeda que quede será tu nuevo códice: el de la degradación hasta que quede una pureza distinta, incómoda y desconocida.
Voy a profanar tu cuerpo como un templo de pan que debe ser consumido por completo,
allí donde nace todo lo que surge de las entrañas sin filtro racional.
Un abismo quedará cuando los dos cuerpos se confundan en uno solo.
Un lugar donde sujeto y objeto dejan de sostenerse.
Voy a borrar tu identidad y dejarte sin lenguaje,
en una catarsis tan absoluta que solo mi verbo te encarnará en orgasmo,
en un fulgor de luz cegadora de clímax compartido,
donde ya nada puede explicarse con palabras.
Solo queda sentir la inmanencia: estar atrapados en el aquí y ahora de la materia,
sin Dios ni teoría,
un instante donde el cerebro, entre jadeos, se permita ser la nada que moldeo a mi gusto.
Esa fue la lección dos.
