Modo avión
Mi cabeza tiende a disociar más rápido que el discurso de un político en campaña. Es buenísimo cuando te tatuás o te cortás sin querer: simplemente, tu mente está en otra parte. Pero es malísimo cuando te desconectás de todo como un módem del conurbano en hora pico.
Yo no tenía ganas de ir a esa cita. No porque me pasara algo en particular, sino porque no veía nada en común con él. Solo podíamos hablar de conciencia de clase, lo cual, salvo que nos tiremos con sociología por la cabeza y capítulos de El Capital, es un tema bastante deprimente que se agota rápido. Era como ir a ver a un payamédico a una unidad de cuidados intensivos.
Fuimos a tomar mates a una plaza, en pleno invierno. No dije nada. Últimamente todo es un ajedrez mental extremo e insoportable donde, si decís que preferís un café porque afuera hacen menos de diez grados, pasás a ser una viuda negra, una interesada (aparentemente en su oneroso sueldo de docente de gimnasia) y Dios no quiera que le hagas gastar dos dólares en un café quemado.
Tomé un par de mates con él y hablamos de cosas sin importancia. La verdad, yo ya venía mal predispuesta desde antes. Cuando me vio tiritando, azulada, me ofreció ir a su casa para entrar en calor.
Las escenas siguientes se me fundieron a negro.
Solo sé que, cuando abrí los ojos, estábamos en su cama. Me estaba abrazando. Yo estaba desnuda y cubierta de sudor.
Por un segundo sentí asco.
Lo empujé apenas y le dije que no era necesario. Su expresión cambió: algo entre la confusión y la frialdad. No había lugar para analizarlo. Mi cabeza iba a mil. No recordaba cómo había llegado a esa situación ni si había dicho que sí. No recuerdo haber querido, porque no suelo aceptar sexo casual. Me da miedo. El sexo, en general, me da miedo.
Fui al baño a vomitar y sentí un alivio absurdo al ver un preservativo usado en el tacho, como si hubiera encontrado el santo grial hecho un nudo y, mal envuelto, en papel.
Abrí la ducha sin avisarle. Me quedé un rato sentada en el piso, incapaz de levantarme, mientras el agua me caía encima. Aproveché el ruido para llorar entre temblores y angustia.
Cuando salí, envuelta en una toalla y sin rastros del llanto, él estaba haciendo zapping.
Estaba segura de que yo era la mejor actriz en ese cuarto.
Le pedí permiso para irme, como si él fuera algún tipo de autoridad de cuya respuesta dependiera mi libertad. Se puso un short, sin calzoncillos ni remera. Yo seguía en un estado de semiconsciencia; solo mi auditora interna permanecía despierta, tomando notas mentales del lugar, juzgándome, llamándome puta.
Me dio un beso en la puerta.
Lo acepté por inercia.
El teléfono estaba lleno de llamadas perdidas de mi vieja. Le respondí que ya estaba yendo a casa, que no pasaba nada.
Seguía actuando, pero no era a propósito. Me faltaban escenas. Mi cabeza había estado en modo avión.
No sabía qué tan culpable era en todo ese asunto.
En un momento me puse a mirar mi crucifijo, la cuerda de oración de madera que uso como pulsera en la muñeca derecha y la cruz tatuada en la muñeca, por debajo de la pulsera.
No me sentía pecadora.
Solo me preguntaba qué mecanismo había hecho que aceptara algo tan invasivo de alguien que no conocía, que no me gustaba y que tampoco me parecía tan extraordinario como para romper mi propia lógica.
Esa noche llegué a casa, me tapé la cabeza en la oscuridad y lloré en silencio hasta quedarme dormida.

Te doy un me gusta, porque a tu forma de escribir no hay como decirle no, pero no me agrada para nada lo que pasaste. Espero puedas encontrar la escenas que te faltan y sobre todo que te sientas mejor pronto.
Hice muchas cosas en modo avión menos eso. Es muy duro darse cuenta, cuando ya decidiste, habiendo estado desconectada del mundo.