oxígeno
Ayda llegó corriendo, jadeando con un pinchazo en los pulmones; mientras respiraba con una dificultad claustrofóbica, cerró la puerta presionándola con su cuerpo. Luego vio la cómoda; parecía pesada, pero la adrenalina en ese momento le dio la fuerza necesaria para empujarla contra la madera, trabando la única entrada. Una vez que logró apuntalarla con todas sus fuerzas, se desmoronó en un rincón temblando, sintiéndose observada.
La pared le rasgaba la espalda con un frío rugoso que se sentía como habitar carne muerta. Se sintió observada no por algo exterior, sino por una presencia cenital, una conciencia que la recorría de izquierda a derecha, línea por línea. Sus ojos buscaron escanear todo el cuarto buscando cámaras o ventanas; el sentimiento de alguien registrando sus movimientos era cada vez más abrumador.
Había un olor... no sabía decirlo con precisión, quizá se estaba volviendo un poco loca, pero podía jurar que podía oler a otra persona, sentir su respiración cerca de su nuca, sentir esos ojos fijos sobre ella. El terror la comenzó a inundar con un frío que le recorría el cuerpo como hielo seco, quemándole los poros.
Ayda clavó los ojos donde estaba la cómoda. La pared allí estaba despintada, como si no se hubiesen molestado en mover el mueble cuando pintaron la habitación; en ella, unas letras en imprenta destacaban con la nitidez de una hoja blanca sobre el desastre. Quiso enfocarse, entornar la vista, pero no podía verlo bien.
"Este conjuro..."
Hizo un esfuerzo de acercarse gateando, arrastrándose por el suelo frío y sucio. Las rodillas se le gastaban contra el cemento y las palmas de las manos se sentían como acariciar una lija oxidada. Cada centímetro avanzado era un costo físico que la piel pagaba contra el suelo.
"Este conjuro le dará el oxígeno necesario a quien lo lea".
Ayda cayó al suelo con una expresión horrorizada y la boca abierta como gritando por aire. El aire en la habitación no desapareció, simplemente cambió de plano. Sintió un vacío repentino en la tráquea, como si un hilo invisible le estuviera extrayendo el aliento desde adentro, tirando de sus bronquios hacia la superficie del muro para entregárselos a quien la observaba. Sus dedos buscaron desesperadamente un rastro de humedad en el concreto, pero la pared ya no estaba fría; ahora emanaba el calor de un cuerpo vivo, alimentado por su propia asfixia.
En su último estertor, miró hacia la puerta y vio un par de ojos leyendo el texto, inhalando profundamente mientras ella se apagaba lentamente. Sus ojos vidriosos se cruzaron con la mirada de quien estaba del otro lado de la línea, atrapando al lector en el acto mismo de la deglución.
Usted, querido lector, es un asesino. Espero que disfrute del aire que le quitó a Ayda.

He agonizado con Ayda hasta el final 👏🏻👏🏻👏🏻 bravísima.
👏👏👏👏👏🙂❤️