Silencio
documentos de una voz fragmentada
Había días enteros en los que Karolenka no abría la boca, no decía una palabra. Su "no voz" se había fundido con el ruido blanco del ambiente. No era una ausencia, sino una presencia densa que buscaba desaparecer del todo.
Karolenka nunca tuvo amigos. Desde niña, siempre tuvo que refugiarse en su propia imaginación mientras compartía juegos de varones con sus hermanos, y a esa altura de su vida, la soledad ya era una parte indiscutible de su personalidad.
Nadie puede lastimarte si tratas de no existir.
La primera palabra que le robaron fue el "sí", y sin saber cómo, se vio aceptando situaciones degradantes, dolorosas, humillantes. La próxima, por lógica, ustedes dirán que fue el "no", pero esa nunca la tuvo; la criaron sin ella en un experimento disfrazado de sacrificios y buenas intenciones. Su madre, siempre desbordada, simplemente delegaba su crianza en quien pudiera: psicólogos sin jamás llegar a un diagnóstico, o sus tíos abuelos. Cuando las cosas se ponían insoportables, Karolenka no denunciaba nada; le habían enseñado desde pequeña que quejarse solo añadía otro problema al sistema. Si acaso la situación salía a la luz, era su madre quien iba a la policía, pero siempre con una carga de desidia que anulaba cualquier protección. Su tío abuelo, esa figura paterna que la contenía, había muerto de ELA después de tres años de cuidados paliativos ese mismo año, y Karolenka tuvo que tragarse ese dolor, enterrándolo profundamente en su interior mientras la policía, al final, no era más que otro eslabón en su cadena de abandono.
"La muda", ese fue su apodo. Uno que ella aceptó no con resignación, sino como realidad, porque callar era más seguro que decir algo que le ganara un golpe. Como en un experimento conductual, ella había sido un hámster de un sistema perverso, luego de hombres perversos, y al final fue totalmente exitoso.
También comenzó a vivir en su cabeza. Afuera era inseguro: te golpeaban, te minimizaban, se burlaban o te violaban por turnos.
Karolenka también dejó de comer. No abría siquiera la boca para ingerir comida; llegó a pesar cuarenta y dos kilos, sintiendo cómo el hueso de la cadera le pinchaba contra el colchón cada noche. Eso no detenía las violaciones; al contrario, era más fácil de manipular. "Como una muñeca de goma", decía su pareja, que también era, casualmente, su violador principal.
Ella se sentía confundida. En su cabeza, que se sentía como un dibujo todo rayado de negro, ella lo quería; rogaba su amor como un perro rogando por un hueso luego de una patada. Entonces aceptaba, aceptaba los tríos con los amigos de su abusador aunque ella no estuviese realmente allí, aceptaba los golpes.
Todos le preguntaban "¿por qué no te fuiste?", como si fuera algo obvio, y ella solo atinaba a explicar: "era como una secta". Ella también se lo pregunta hasta el día de hoy.
Usaba grandes buzos en pleno enero para disimular que su cuerpo estaba delgado y púrpura por los golpes. Irónicamente, la gente le decía que nunca había estado tan delgada, que la veían maravillosa, en forma; su madre le criticaba que no tenía senos.
Karolenka estaba en una lucha por desaparecer. Los fines de semana, cuando su novio la dejaba para poder salir con otras (inventándole infidelidades imaginarias), ella se refugiaba en su cuarto a oscuras, entre la música y un foro de internet donde intentaba conectar con alguien. Fue allí donde lo conoció. Él empezó por insultarla en el chat, un hostigamiento que ella, acostumbrada a la violencia, no supo leer como un ataque, sino como una forma de atención. Un día, después de tanto insulto, él la invitó a salir.
Lo recordaba usando siempre un anillo con una cruz nazi (no la esvástica, una distinción que en su mente de entonces no lograba conectar con el peligro). A ambos los unía el mismo gusto por la música y la estética inadaptada. En su realidad, leía a Nietzsche y la “Biblia satánica” de LaVey, buscando respuestas en el vacío de lo que le tocaba vivir: ¿qué clase de Dios permitía que le sucediera eso?
Allí, se cortaba los brazos para poder llorar, para que esas palabras brotaran en forma de sangre; tomaba ansiolíticos que le daban por ahí, veinte, treinta, perdía el conocimiento, lograba apagarse sin que le importara si era para siempre.
Pero esta no sería la última página. Continuará en el próximo capítulo.

Desgarradora.
Cuánto daño hace tu droga de palabras, pero dejando el regusto de la lágrima y del invento sin batería echando humo de indignación