Dos islas
No es que el amor se hubiese terminado, es que yo amaba «lo que podría haber sido» y vos amabas «lo que fue» (ambos, un espejismo).
Éramos dos islas que nunca habían intentado tender un puente entre ellas y solo entendían por amor el estado de las aguas del mar.
No faltó tiempo ni voluntad, simplemente no había materiales con qué construir. Creímos que gustos musicales más o menos compatibles y el mismo laburo eran suficientes como para aguantar algo de peso. Final esperable. No lo era.
Los dos nos mentimos: a nosotros mismos, al otro, con ausencias, con reclamos. Ninguna versión de nosotros habitaba ese miedo a estar solos, a volver a salir con otros. Estábamos cómodos en la comodidad de la monotonía, aunque bastara con que uno de los dos se atreviera a ponerle palabras a la realidad en voz alta.
Después de que te pedí que te vayas (tampoco opusiste ninguna resistencia), en ese alivio compartido de decidir patear el escenario hasta que se caiga, desapareció todo en apenas unos días. Hasta el preservativo que quedó sin abrir en la mesa de luz, como testigo mudo de nuestra farsa, de conexiones desconectadas y placeres fingidos.
No hubo amor ni desamor, hubo no saber convivir con uno mismo y placer fingido, hasta en las risas.
Ahora, de vez en cuando, recaigo en compañeros ruidosos. Me siento como un alcohólico, constantemente teniendo que entregar la medalla. La soledad es jodida, más cuando tu cerebro está «cableado distinto» y le llega todo hipersaturado y en 4K. El otro deja de ser persona y pasa a ser el silenciador de un arma, y una víctima, alguien a quien culpar cuando todo parece demasiado agresivo.
Pero termino cayendo en un teatro que me es familiar y ajeno a la vez: esa «novia» de película, los apoditos cariñosos, el afecto constante. Es forzar algo que no soy. Decirle «amor de mi vida» a alguien cuando la lógica grita que mi vida no se terminó. Tener que amputar lóbulos, actuar una calidez que no siento para comprar una calma que no soy, en ese idioma raro de los necesitados de demostraciones constantes.
Pero me estoy acostumbrando a la paz, aunque, como a los veteranos (y ya me siento bastante veterana), me den miedo los fuegos artificiales.
Si alguna vez te dije «te amo», perdón, te mentí. Lo que debería haber dicho es: «gracias por hacer que el volumen del mundo baje por un rato».
Ahora estoy aprendiendo a no buscar esos amores de película («falsos, perfectos, prolijos, carentes»), sino con quién compartir mis silencios cuando el mundo es puro barullo, que no me pida ser quien no soy.
¿Existirá? No sé. Solo sé que rompí el guion y no pienso volver a las tablas.

No todo el amor es falso. Es desmesurado. Es una dopamina que riega y luego un compromiso que permanece hasta que a uno le parece que la vida siempre mejora compartida con el otro. Todo llega, hermana.
Siento que no fue una historia de amor sino un intento desesperado de anestesiar la soledad, hasta que la verdad, incómoda y limpia, decidió quedarse.